¿Hasta qué punto debemos financiarnos?

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Por: Manuel González, Director Técnico ABA

La mayoría de las personas en su desarrollo individual y familiar recurre a préstamos para cubrir necesidades de consumo o de inversión, pues de lo contrario tendrían que posponer sus planes hasta ahorrar los recursos necesarios para materializarlos.

¿Cuál debe ser el nivel de financiación prudente que una persona debería establecer como límite en relación con los ingresos que genera, de forma que no quede atrapado en una situación de dificultad para hacer frente al pago de las deudas o, en caso extremo, de  insolvencia?

En primer lugar, es necesario destacar que la adquisición de bienes y servicios forma parte de decisiones que en el tiempo nos pueden comprometer con una estructura determinada de gastos que condicionará nuestra capacidad de pago, con riesgos implícitos que generalmente no se toman en consideración, como los siguientes:

-La posibilidad de pérdidas por liquidación o venta de bienes para pagar préstamos y reducir en esa forma la carga financiera por intereses y capital.

-El riesgo de  variabilidad de las tasas de interés,  que cuando aumenten pueden tener un efecto negativo en la capacidad de pago. 

A la hora de determinar nuestra capacidad de pago no debemos partir sólo del simple ejercicio de restar a nuestros ingresos los gastos fijos. También debemos  pensar en cómo puede variar nuestra capacidad de cumplir con nuestras obligaciones financieras cuando varían la tasas de interés.

Lo anterior es importante porque si lo tomamos en cuenta, estaremos en condiciones de contar con un plan de contingencia que nos evite la sorpresa de afectar nuestro historial crediticio por incumplimiento de pago o que, en el peor de los casos, perdamos los bienes producto de la inversión que hemos realizado.

En conclusión, el aumento de nuestro endeudamiento debe ser realizado con una perspectiva de futuro en un entorno sujeto a cambios.

El crédito hipotecario da cobijo a una joven y hermosa pareja

El sueño de toda pareja, a la hora de pensar en el matrimonio, es el tener la oportunidad de adquirir su casa propia. Rocío Ravelo y su esposo, Roberto Espinal,  compartían este anhelo.

La madre de Rocío siempre le aconsejó que lo ideal es comprar una vivienda y no pagar alquiler, ya que no sólo da tranquilidad en el largo plazo, sino también porque es una inversión segura y de la que los hijos podrían beneficiarse en el futuro.

Rocío, arquitecta de 27 años, se considera afortunada porque su esposo también creció con esa visión. Se conocieron en el 2004 y luego de seis años de noviazgo decidieron casarse.

En ese momento sentían el temor de no poder cumplir con la meta de comprar un apartamento. Buscaron diferentes opciones de viviendas en alquiler y se decepcionaron al ver que los precios eran prácticamente iguales a los pagos de la cuota de un préstamo hipotecario.

Recordaron que habían sido testigo de cómo otras parejas tuvieron la oportunidad de comprar una propiedad mediante ese tipo de crédito. Como siempre pensaron en el ahorro como un medio para tener garantizado su futuro, tenían el capital necesario para completar el inicial requerido para un apartamento de precio módico.

Rumbo a la entidad bancaria encontraron el apartamento perfecto, el que se ajustaba a sus necesidades. Vislumbraron cómo allí criarían a sus hijos. Ese día, el banco alimentó aún más las ilusiones de esta joven pareja: ambos calificaban para un préstamo hipotecario. Aceptaron de inmediato.

Han pasado cuatro años desde ese momento y hoy en día tanto Rocío como Roberto Espinal, padres de una niña de tres años, consideran esa decisión como la más sabia de todas.

“Somos afortunados”, expresa Rocío. Y agrega: “No sólo somos propietarios de un inmueble que cada día adquiere más valor, sino que bajo este techo se alberga una hermosa familia”.

Confesiones de la peluquera transformada por un préstamo

Desde niña Kirsy de la Cruz sólo tuvo una meta: romper todas las carencias económicas que dificultaban su vida y convertirse no sólo en una peluquera profesional, sino también en la dueña de su propia empresa, un salón belleza.

Sus primeras clientas imaginarias fueron sus muñecas, con las que hizo pininos en busca de su sueño, hasta que a los doce años su madre, al verla con esa sed insaciable por aprender la técnica de la peluquería, decidió llevarla como practicante al salón de una persona allegada.

Pasaron los años y Kirsy veía cada vez más lejos  poder ahorrar dinero suficiente para tener su salón de belleza. Ganaba RD$7,000 como empleada de una peluquería; ya tenía tres hijos y su salario apenas le alcanzaba para la subsistencia de su familia.

Sin embargo, nunca pensó que aquel 28 de junio de 2010 su vida cambiaría para siempre. Una amiga le manifestó que era prácticamente imposible que ella pudiera juntar la cuantiosa inversión que requería la apertura de un salón de belleza. Le habló de los bancos y de las facilidades que ofrecen a los clientes que optan por préstamos personales, como cómodas cuotas mensuales y hasta cinco años para pagar. No lo pensó dos veces: esa era su oportunidad.

Gracias a esa decisión hoy en día Kirsy es la propietaria del Salón JJ, un negocio completamente equipado y con empleadas que están para atender todas las necesidades, en materia de peluquería, de sus numerosos clientes.

Hace dos años  saldó el préstamo que cambió su vida. Los resultados del acceso al crédito se evidencian en un negocio próspero, en crecimiento. Para Kirsys lo más importante es que gracias al apoyo y la confianza que depositó la entidad bancaria en ella, sus hijos y demás familiares gozan de una mejor educación, salud y estilo de vida. Mira el futuro con mayor esperanza y certidumbre.